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LA INTERCULTURALIDAD, UN RETO COMPARTIDO

Maria Magdalena Obrador Sastre, de la ONGD “Vecinos Sin Fronteras”

 

DESINFORMACIÓN, TÓPICOS Y PREJUICIOS

En la actualidad, la problemática relacionada con las migraciones ocupa un lugar preferente en las preocupaciones ciudadanas y también en los medios de comunicación.

La construcción de los valores sociales no se hace sólo a través de la familia, los amigos, la escuela, el trabajo, sino también a través de los medios de comunicación. De hecho, la información que nos llega a través de la televisión, de los diarios, de internet... juega un rol cada vez más importante en la formación de las personas.

En este marco, las películas como “Tarzán”, los anuncios publicitarios como los de la cerveza “San Miguel”, que muestran los “massai” persiguiendo una avestruz, las noticias a los informativos que denuncian actos delictivos cometidos por personas inmigrantes sin nombre, de las cuales sólo se anuncia la nacionalidad, etc., han contribuido a desarrollar una visión reduccionista de la realidad y a asociar demasiado a menudo la palabra inmigrante a “pateras”, ilegalidad, delincuencia, mafias, drogas, prostitución,... y los países económicamente empobrecidos a guerras, hambre, miseria, enfermedades, terrorismo, subdesarrollo, salvajismo, carencia de educación y de cultura.

Una gran mayoría de noticias sensacionalistas y de imágenes y mensajes negativos, trágicos y descorazonares contrasta con unas pocas denuncias de racismo y de promoción de la solidaridad.

La información persistente sobre el atentado de las torres gemelas, por ejemplo, marcó una separación clara entre buenos y malos, al mismo tiempo que desconocíamos que en los bombardeos sobre Afganistán algunas de las minas más perjudiciales para la población civil, condenadas, por cierto, por la ONU, habían sido fabricadas precisamente en España.

Estos tipos de mensajes generalizados, sumados a una carencia de capacidad de análisis crítico hacia la información que recibimos, no ayudan nada a buscar las causas reales de los problemas, ni tampoco a fomentar la convivencia, el respeto mutuo, la valoración de la diferencia como herramienta de enriquecimiento mutuo, sino que, antes al contrario, han contribuido a la construcción de prejuicios, estereotipos, reduccionismos y generalizaciones que han desembocado en actitudes etnocentristes, pesimistas y pasivas. Estos valores y actitudes han arraigado profundamente en nuestra cultura, condicionando, por un lado, nuestra forma de entender la realidad y también nuestros comportamientos con las personas inmigrantes y, de otra, evitando que analizamos las causas reales de la problemática que lo rodea.

En este sentido conviene preguntarnos, por ejemplo, si los países del Sur son pobres debido a las catástrofes naturales, una idea que resulta muy extendida, o es más bien la pobreza en la cual están inmersos el que los hace más vulnerables ante estos desastres? De hecho, un terremoto o un ciclón de misma intensidad causa diez veces más víctimas en Jamaica o Managua que en San Francisco o Florida. Y es que los países ricos cuentan con muchos más recursos para prevenir, informar, formar y evacuar su población ante cualquier catástrofe, para construir edificios más resistentes y para reconstruir en caso de un desastre “natural”. A esto hace falta sumar el efecto devastador de la mano humana, sobre todo de la del Norte, sobre el medio ambiente, a través de la deforestación, de la sobreexplotación agrícola, de las pruebas nucleares, de la emisión de gases contaminantes,... con la consecuente aceleración del recalentamiento del planeta Tierra y del agujero a la capa de ozono. Analizarlo desde esta perspectiva nos puede hacer replantear el adjetivo “natural” que se añade a estas catástrofes cuando se habla.

También hay personas que creen que las poblaciones del Sur, y sobre todo las africanas, “son salvajes y primitivas”, en contraposición a la noción de civilización, cultura y educación que adjudican a las del Norte. Muchas veces se piensa en africanos sin ropa, rodeados de artefactos primitivos y desconocedores de los avances técnicos, matándose los unos a los otros, guerreros crueles y bestias equipados de armas rudimentarias, incapaces de controlar el instinto y que luchan por enfrentamientos tribales, étnicos, bien lejos de la imagen del soldado uniformado del Norte, que se identifica con un ejército regular y que se rige por una estructura jerárquica y un comportamiento racional que garantiza la disciplina y el orden.

Esta imagen legitima la imposición de la cultura occidental como medio para traer el orden y el control a estas zonas de caos y anarquía, a través de la educación, e incluso mediante fuerzas militares de las potencias del Norte. Este modelo etnocentrista fuerza a muchas de estas poblaciones a asumir pautas ajenas a su propia cultura y cierra el camino para la gestación de modelos propios de desarrollo. Realmente, ¿nos podemos plantear trasladar el modelo occidental a los otras países cuando resulta evidente que nuestra forma de vida resulta del todo insostenible para el planeta? Se afirma que en la actualidad si todas las personas de todas partes del mundo tuvieran el nivel de vida de la media de las personas españolas necesitaríamos tres planetas como el nuestro. Y si el objetivo fuera llegar a la media de Estados Unidos, deberemos menester siete planetas.

Es precisamente la tendencia etnocentrista la que nos hace juzgar y valorar las otras culturas desde nuestra perspectiva y nos hace creer que siempre es más grave e ilógico el que hacen las otras culturas que lo que hace la nuestra.

Un ejemplo de esto es el hecho que, sin pensar demasiado, valoramos que las poblaciones del Sur tienen demasiados hijos por la pobreza en que viven. Este análisis lo hacemos en base a la baja natalidad que se da en nuestra cultura y no nos preocupamos por conocer las causas reales que quizás provoquen esta alta tasa de natalidad. En países donde el estado tiene carencia de los servicios sociales mínimos, los hijos y hijas son fuente de riqueza y seguridad, pues pueden trabajar y garantizar la subsistencia de sus padres cuando estos sean viejos. La relación entre desarrollo tecnológico y disminución de la tasa de natalidad es evidente. No hemos de olvidar que no hace tantos años que el estado español, cuando todavía no había logrado el nivel de desarrollo tecnológico actual, estaba configurado por muchas más familias numerosas que ahora.

Muchas veces nos horrorizamos ante costumbres de otras culturas, ajenas a la cultura occidental, en que se obliga a las mujeres a llevar un pañuelo en la cabeza, pero también hay formas de discriminación contra la mujer dentro de nuestra cultura que a veces no vemos. Las mujeres no nos podemos pasear por la calle ni ir a comprar al supermercado con los pechos descubiertos si tenemos calor sin que nos arresten por escándalo público. Una mujer africana que cada día cultiva el campo con los pechos descubiertos también podría encontrar del todo ilógico que aquí tengamos esta norma. Estas pautas y formas de hacer y entender la vida no responden a principios universales, sino que tienen la base en la educación y la cultura de cada pueblo. Bien seguro que debemos luchar contra cualquier forma de vulneración de los derechos humanos, pero nunca desde una perspectiva etnocéntrica. En este sentido tendremos que buscar la mejor forma de erradicar la práctica de la ablación del clítoris, pero también tendremos que luchar contra la bulimia y la anorexia, enfermedades que son resultado de la sociedad de consumo en qué vivimos que han llevado a muchas personas, sobre todo mujeres, a considerar su apariencia física como el principal valor, hasta llegar a la obsesión por la belleza y el bajo peso.

Estos ejemplos ponen de manifiesto los esquemas etnocéntricas que las culturas solemos seguir. De hecho, todas las culturas tienen la tendencia a ser etnocéntricas y, en consecuencia, también lo son las personas, lo cual hace que el diálogo entre pueblos y culturas parezca tan complejo.

LA INMIGRACIÓN, UN FENÓMENO IMPARABLE

Una parte importante de la ciudadanía vive el proceso migratorio actual como un fenómeno nuevo e insólito. La inmigración es tan vieja como la misma humanidad. Y pueblos, que en un pasado tuvieron que emigrar, ahora son receptores de personas inmigrantes.

En el sentido estricto, toda persona que deja su entorno habitual para instalarse en un nuevo lugar de residencia es, desde la perspectiva de los que lo ven llegar, un “inmigrante”. Esta concepción engloba desplazamientos de población muy diversos: dentro de una misma comunidad autónoma, de una comunidad a otra, procedentes de otros países de la comunidad europea y originarios de fuera de Europa. Aun así, generalmente, la denominación “inmigrante” ha pasado a designar personas procedentes de países económicamente empobrecidos y con un condición económica baja, de tal modo que se distingue claramente entre dos figuras diferentes: la del inmigrante y la del extranjero.

Resulta paradójico que, si bien universalmente se reconoce el derecho a emigrar del propio país, los países receptores impulsen fuertes políticas de control de fronteras sancionadoras y de límites legales al establecimiento permanente de las personas inmigrantes.

Aun así, mientras persistan, e incluso se incrementen, las desigualdades económicas y sociales entre ricos y pobres, que condenan a más de un 80% de la población mundial a vivir con menos de un 20% de los recursos, el fenómeno migratorio no disminuirá.

Vivimos en un mundo cada vez más global y interdependiente, donde el que se hace o se decide en un determinado lugar, inevitablemente tiene consecuencias en cualquier parte del mundo. La producción y el comercio de armas, la explotación laboral, el destrozo medioambiental, la expoliación de recursos naturales y la imposición de precios del Norte a estos países no hacen otra cosa que contribuir a dos de las principales causas de la emigración, las guerras y el empobrecimiento de gran parte de su población. Y es que, mientras no se produzcan cambios estructurales precisamente en los países económicamente enriquecidos, la población de los países del Sur se verá forzada a abandonar sus casas y sus familias para buscar esperanzas de futuro más allá de sus fronteras, unas fronteras impuestas por los hombres.

Si la ley de extranjería fue un intento de frenar la llegada masiva e incontrolada de personas inmigrantes, desde entonces este fenómeno no ha hecho otra cosa que aumentar. Durante una mesa redonda, Madiop Diagne, nacido en Senegal y que lleva más de 9 años en Mallorca, contaba cómo, durante uno de los viajes a su país natal, intentaba convencer un sobrino suyo para que no emprendiera un viaje en “patera” explicándole todos los peligros de muerte que corría. El sobrino le respondió “aquí ya estamos muertos, este viaje es precisamente una esperanza de vida”.

Pero no son sólo las situaciones de guerra y/o violencia estructural en sus países de origen, de violaciones y abusos de los derechos fundamentales y de pobreza extrema el que los trae a emprender el peligroso camino que los lleva hasta las puertas de Occidente, sino también la imagen de riqueza económica y de bienestar que ellos reciben del Norte a través de los medios de comunicación y que los hace creer que aquí no encontrarán dificultades para sobrevivir. En este sentido, si la carencia de unas condiciones de vida digna y la necesidad de supervivencia son una de las principales motivaciones que llevan a una persona a optar por un proyecto migratorio, también la percepción de lujo y de superabundancia juega un papel fundamental en la decisión de emprender el viaje.

Seguramente, demasiado a menudo olvidamos que hasta hace muy poco, España había sido un país básicamente emisor de población hacia otras partes del mundo y, por lo tanto, también muchas personas de las islas se vieron obligadas a abandonar sus hogares familiares por buscar mejor vida. Durante la época de fuerte emigración, personas anónimas escribieron:

“Se’n van de Santa Maria,
Consell, Lloseta i Alaró,
d’Inca, Campos, Llucmajor
i de qualsevol punt sia,
ciutadans i pagesia
a Bons Aires parteix;
si el govern no ho impedeix
o hi dóna remei,
Mallorca quedarà buida.”

“... haver-se’n d’anar a cercar
feina a terreno estranger
i una casa que té
haver-la d’abandonar!
i alerta tal vegada
qu’això no nos dugui ronya
perquè ja és una vergonya
tanta de gent emigrada.”

Volviendo a los procesos migratorios actuales, ¿realmente podemos hablar de la inmigración como de un problema, cuando resulta evidente que la Europa envejecida necesita mano de obra joven que aporte dinero a la seguridad social? De hecho, la baja tasa de natalidad y el aumento de la esperanza de vida exigen la llegada de personas que permitan garantizar el mantenimiento de las pensiones para las personas que ya han sobrepasado la edad de trabajar. Una mano de obra que a menudo, por el hecho de ser en su mayoría personas “sin papeles”, resulta más barata a los empresarios que necesitan mano de obra no especializada. Esto precisamente es visto por la población de acogida como una nueva amenaza en el campo laboral, la cual ve la llegada de personas inmigrantes como la principal causa de la bajada de sus propios sueldos, cuando en realidad el problema son los empresarios que se aprovechan de las necesidades de los recién llegados para aumentar los beneficios, pagando salarios muy bajos.

Aun así, con la llegada de inmigrantes a nuestras ciudades y pueblos se ha generado, entre la población de acogida, un tipo de alarma social en relación al acceso y la calidad de los servicios sociales existentes (de vivienda, sanitarios, educativos, laborales...). La realidad es que estas carencias ya existían y que, con su llegada, sólo se han hecho más visibles. Es en este sentido que los inmigrantes han jugado un efecto catalizador que puede servir de detonante para la búsqueda de la mejora de las condiciones de vida de toda la ciudadanía.

Ante todo esto, resulta necesario analizar el fenómeno migratorio desde una perspectiva global, que permita buscar las verdaderas raíces de los problemas para poder buscar soluciones constructivas, colectivas e integradoras. En esta búsqueda de soluciones, es importante tener en cuenta que el término integración ha tomado connotaciones lo suficientemente negativas, dado que cuando se utiliza generalmente se hace referencia a la acción unidireccional por parte de las personas inmigrantes de integrarse a nuestra cultura, lo cual se acaba por convertir en la búsqueda de la asimilación de la cultura mayoritaria. El objetivo, por lo tanto, no debe ser conseguir la integración de estas personas dentro de nuestra comunidad, sino de construir, juntos, una nueva sociedad, que valore la diferencia como una herramienta valiosa de enriquecimiento mutuo.

 

CULTURA Y MULTICULTURALIDAD

La inmigración, y sobre todo el tratamiento que hacen generalmente los medios de comunicación, generan temores en la sociedad receptora. Un de ellos es el miedo a la supuesta amenaza de perder nuestra identidad cultural. Habréis oido decir: “si viene tanta gente de fuera, corremos el peligro de perder nuestra cultura”.

Una aparente solución sería que los recién llegados pudieran conocer y hacer suya nuestra cultura. Si fuera así, lo primero que deberemos hacer es intentar definir nuestra cultura (nuestros hábitos, costumbres, creencias, nuestras formas de hacer, vivir y sentir), de tal manera que, una vez definida, cuando llegara un inmigrante, podríamos darle las orientaciones oportunas, diciéndole que “para integrarte en nuestra cultural lo que has de asimilar es...”

Al probar de definirla nos encontramos con algunas dificultades o reflexiones:

En primer lugar, ¿nuestra cultura es sólo lo que hacían nuestros antepasados?, o, sobre todo, ¿es lo que la mayoría de mallorquines hacemos hoy? Nos podríamos preguntar si la mayoría de mallorquines saben y suelen practicar el “ball de bot” o han escogido bailar otros tipos de danzas, y si integran habitualmente ensaimadas y sobrasada en su dieta. Reflexionando sobre estas cuestiones y planteando otras relacionadas con los diferentes aspectos que definen nuestra cultura, descubriremos que hay una tendencia generalizada a reducir el concepto de cultura únicamente a tradiciones, olvidando que hay muchos otros hábitos y costumbres que han arraigado profundamente en la forma de vivir de nuestra sociedad actual.

Por otro lado, podemos decir que, hoy, ¿la cultura tiene una dimensión tan territorial como en el pasado? Si la dimensión territorial, en algún momento, había sido el hábitat propio de grupos culturales, en la actualidad, la diversidad entre los mismos integrantes de una misma comunidad no hace otra cosa que aumentar. Las sociedades en que vivimos son cada vez más culturalmente heterogéneas y en ella se generan diferentes sub-culturas.

Y, finalmente, ¿hemos de entender la cultura como algo estático? Hay una cita anónima que responde a esta pregunta de una forma muy clara:

“Tenemos un cristo judío, hamburgueses norteamericanas, coches japoneses, pizzas italianas, nuestra democracias es griega, nuestro café brasileño, nuestras cifras árabes, las letras latinas,...
Y nos atrevemos a decir que quien viene de fuera es extranjero?”

Si perdemos nuestra cultura no será porque la gente de fuera no se adapte, sino porque nosotros no hemos sido capaces de mantenerla o porque no nos ha interesado. Tal vez habremos aprendido cosas nuevas de otras culturas que hemos querido integrar dentro la nuestra. Las culturas no son otra cosa que el resultado de diferentes contactos interculturales, lo cual hace que sean dinámicas y ricas.

Un joven de instituto, en el marco de los talleres de educación intercultural que se desarrollan desde la ONG “Vecinos Sin Fronteras”, decía con mucho acierto: “en realidad no es que haya grandes diferencias entre nosotros y los jóvenes inmigrantes en relación a gustos, aficiones, inquietudes y valores. Lo que pasa es que nos fijamos más en aquello que nos diferencia que en lo que compartimos”.

GESTIÓN DE LA DIVERSIDAD CULTURAL Y CONFLICTOS MULTICULTURALES

Los conflictos son inherentes a cualquier dinámica social y pueden llegar a ser un instrumento valioso de cambio y crecimiento. Por eso es por lo que no se han de evitar, sino abordar.

Cuando se habla de conflictos multiculturales se hace referencia a los conflictos que se dan entre personas de diferentes culturas en el seno de las sociedades multiculturales. Esto no significa que la pertenencia a culturas diferentes sea la causa que provoca estos conflictos, ni tampoco que estos sean consecuencia sólo del fenómeno migratorio. De hecho hay gran cantidad de choques culturales que se dan entre personas o colectivos con referentes culturales diferentes, pero nacidos todos en el mismo país. Es en este sentido que el problema no es la inmigración o las diferencias culturales, sino la forma en que se gestiona la diversidad.

En Inglaterra, por ejemplo, con el modelo de gestión de la diversidad adoptado, se admite y se reconoce la diversidad, se tiende a que esta se organice, pero esto sí, de forma jerarquizada, según proximidad a la cultura dominante. En cambio, en el modelo francés se ha optado por ocultar la diferencia de origen y la diversidad, no hay un gran movimiento asociativo, es lo que se conoce como asimilación. En el modelo germano se habla de las personas inmigrantes como de trabajadores “invitados”, pese a tener como “invitados” generaciones enteras. El de España llama la atención, dado que sencillamente no se ha optado todavía por ningún modelo.

En cualquier caso, nos encontramos con una realidad ineludible, el fenómeno migratorio, sumado a las mejoras de las comunicaciones y del transporte, al mismo tiempo que ha acercado lugares hasta ahora muy lejanos, ha hecho que se produzca un cambio significativo en el paisaje urbano. Y, con la llegada de los nuevos inmigrantes a territorios que estaban acostumbrados a otros tipos de diversidades, quizás menos visibles, se ha hecho hincapié en la diferencia y se han generado tensiones que es necesario abordar.

La base de muchos de los conflictos, de cualquier tipo, se encuentra en una deficiente comunicación, la cual es originada, en gran parte, por desconocimiento, desinformación, malentendidos, prejuicios y estereotipos.

El presidente de la AMIPA (Asociación de Madres y Padres de Alumnos) de una escuela de un pueblo de Mallorca, era partidario de la idea de que “nosotros ya hacemos mucho acogiéndolos, son ellos quien deben hacer el esfuerzo de integrarse”. Todos los individuos que formamos parte de las sociedades culturales tenemos responsabilidades en los conflictos que se dan en su seno. Responsabilidades que son a la vez individuales, por los valores, actitudes y conductas que se oyen, se expresan y se llevan a término, y colectivas, en la medida que somos ciudadanos de un mundo interdependiente, que es fruto no sólo de las acciones hechas en la actualidad, sino también de las que hicieron nuestros antepasados. La responsabilidad de construir una sociedad más justa, solidaria e intercultural, que integre la diferencia como una herramienta valiosa de enriquecimiento mutuo, es de todas las personas que formamos parte de la sociedad en que vivimos y, por lo tanto, compartida entre el colectivo inmigrante, la población receptora y también las instituciones públicas.

Esta responsabilidad también va más allá de nuestras fronteras. Si la colonización y la esclavitud, las políticas económicas y sociales de los gobiernos y de las grandes entidades financieras del Norte y también nuestra participación en la democracia y en la sociedad de consumo contribuyen al empobrecimiento de los países del Sur, también somos corresponsables de lo que allá pasa y, en este sentido, tendremos que participar en la búsqueda de medidas y soluciones que apunten a que los desplazamientos de población vengan dados por una decisión voluntaria y no por una necesidad de supervivencia.

EDUCACIÓN INTERCULTURAL: APRENDER DE LA DIFERENCIA

Todos los que formamos parte de la sociedad en que vivimos (tanto los que hemos nacido, como los recién llegados) tenemos la responsabilidad de trabajar por un mundo más justo e intercultural. Esto implicará crear espacios de relación recíproca, de diálogo, de intercambio y de enriquecimiento mutuo entre personas de diferentes culturas.

Si la multiculturalidad es un hecho, la interculturalidad llega a ser un reto. Todos, unos y otros, tendremos que aprender a evitar la tendencia a generalizar, a ser etnocentristas y a relacionarnos en base a tópicos y prejuicios. Al mismo tiempo tendremos que aprender a ver, sentir y leer de forma crítica la información que nos llega a través de los medios de comunicación. Haciendo un mejor uso y utilizando fuentes diversas encontraremos también otros tipos de imágenes y mensajes que nos mostrarán no sólo las causas reales de la problemática relacionada con el empobrecimiento de gran parte de la población del planeta, sino también una cara más positiva y esperanzadora de los países del Sur, qué nos invitará a ser más optimistas y participativos en la construcción de un mundo más justo y solidario. En este sentido, resulta necesario aprender a participar activamente en la democracia, para convertirnos en agentes de cambio y de transformación social.

El proyecto intercultural, por lo tanto, ha de ir acompañado de una clara acción formativa, que parta de la complejidad que comporta la comunicación entre diferentes formas de entender y vivir la vida. Los destinatarios de esta educación intercultural tendrán que ser tanto la población receptora como la población inmigrada. Unos y otros podrán, a la vez, corregir y modificar estereotipos y prejuicios respecto de los otros y adoptar una actitud activa en la construcción conjunta de un mundo más justo.

Pero, hará falta hacerlo en pie de igualdad de oportunidades. Todo esto supondrá no sólo contribuir a mejorar las otras culturas, sino sobre todo estar dispuestos a mejorar la nuestra. En un momento en que en Inglaterra se hace una importante recogida de recursos que se querían destinar en Tanzania, un país sito al Este africano, cuando se pidió al que entonces era presidente de este país, Julius Kambarage Nyerere, a qué quería que se destinaran el dinero conseguido, este respondió que deseaba que al menos un ochenta por ciento del que habían recogido se destinara, precisamente, a cambiar la mentalidad de la gente del Norte, dado que esta era la única vía para cambiar la situación de pobreza extrema del Sur.

 

RESUMEN DE LA COMUNICACIÓN

Gran parte de las relaciones interculturales se establecen en base a tópicos, prejuicios y estereotipos. Los medios de comunicación, que a menudo dan información parcial, e incluso a veces tergiversada, sobre la población inmigrante y los países económicamente empobrecidos, han jugado y juegan un rol muy importado en la construcción de estos valores sociales, que han arraigado profundamente en nuestra cultura.

La inmigración, que es tan vieja como la humanidad, es una clara consecuencia de las desigualdades económicas entre países enriquecidos y países empobrecidos. Dado que es un fenómeno imparable, hace falta abordar las tensiones que se generan en el seno de las sociedades cada vez más multiculturales.

La base de muchos de los conflictos, de cualquier tipo, se encuentra en una deficiente comunicación, la cual es originada, en gran parte, por desconocimiento, desinformación, malentendidos, prejuicios y estereotipos.

Por tal de que todos asumamos la responsabilidad que nos corresponde de construir un mundo más justo, solidario e intercultural se hace necesaria la educación intercultural.

PALABRAS CLAVE: medios de comunicación, tópicos, conflicto, educación, interculturalitat